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21 agosto 2014

La verdadera historia de cómo llegó la televisión a Colombia

La verdadera historia de cómo llegó la televisión a Colombia

En 60 años de primeras transmisiones, Teresa Morales, rememora la odisea que esto representó.

 
Gómez Agudelo tenía 22 años cuando se hizo cargo de crear la televisión en Colombia.
Foto: Archivo particular
Gómez Agudelo tenía 22 años cuando se hizo cargo de crear la televisión en Colombia.
El 13 de junio de 1953, mientras en el salón amarillo del Palacio de San Carlos el general Gustavo Rojas Pinilla, su familia y su gabinete esperaban ansiosos la inauguración de la televisión, para conmemorar ese día el primer aniversario del gobierno militar, Fernando Gómez Agudelo, el joven que trajo la televisión a Colombia y la puso a funcionar ese día y a esa hora, tuvo que encaramarse a la azotea del edificio, porque se desgajó un aguacero que puso en peligro los transformadores instalados allí y los cables que salían del transmóvil estacionado frente al teatro Colón.
Para protegerlos, Gómez y los técnicos que trabajaban con él se quitaron sus sacos y los cubrieron. Empapados hasta el cuello y en mangas de camisa, evitaron posibles daños y lograron que esa primera transmisión no sufriera contratiempos.
Cuando se encendió el televisor en el salón amarillo, apareció en la pantalla, como telón de fondo, una imagen del Libertador Simón Bolívar. Adelante, en uniforme de gala, cuajado de condecoraciones, estaba el general Rojas. Después del Himno Nacional, interpretado por la orquesta Sinfónica Nacional, Rojas echó su discurso.
Además de la familia presidencial y sus acompañantes, vieron televisión, por primera vez en Colombia, las familias que adquirieron los 1.500 televisores que importó el Gobierno y que vendió a precio de costo para estimular la afición a ese nuevo medio de comunicación.
El artífice
Fernando Gómez tenía 22 años. Había estudiado derecho en la Universidad Javeriana, pero sus pasiones eran la electrónica y la música clásica.
En la Radiodifusora Nacional tenía el programa dominical llamado ‘Discoteca’, donde pasaba discos de música culta: Bach, Beethoven, Mozart.
Muy joven se casó con Teresa Morales, nieta del ex- presidente Marco Fidel Suárez. Ella fue su aliada y su soporte en la extraordinaria aventura de montar en Colombia, hace 60 años, una estación de televisión. Ese proceso lo recuerda Teresa como una verdadera odisea:
“Fernando decía a menudo: ‘Si iniciar la primera transmisión de televisión desde los estudios fue una hazaña, hacerlo a control remoto fue una locura’. Después de transmitir la ceremonia en el Palacio de San Carlos había que regresar a los estudios en la Biblioteca Nacional, para continuar con la programación, en la cual el plato fuerte era El niño del pantano, obra de Bernardo Romero Lozano, protagonizada por Bernardito, su hijo, que tendría unos 10 años. Para que pareciera recién salido del pantano lo habíamos recubierto con ramas que trajimos, no sé por qué, de tierra caliente”, cuenta Teresa.
En este sexagésimo aniversario de la televisión en Colombia, vale recordar que la traída del moderno medio de comunicación fue patrocinada por el general Rojas, quien se autoproclamó Presidente el 13 de junio de 1953, luego de darle golpe de Estado al presidente titular, Laureano Gómez.
Y le quedó fácil instalarse en el Palacio de San Carlos, pues Laureano Gómez había desaparecido. En su calidad de nuevo mandatario, uno de los primeros actos del general golpista fue aprobar la traída de la televisión. Teresa lo recuerda así:
“El general Rojas, como Jefe de Estado, dio una recepción en San Carlos. Uno de los invitados fue el magistrado José J. Gómez, quien le pidió a su hijo, Fernando Gómez Agudelo, que lo acompañe. En la reunión se encuentran con el Jefe de Información y Propaganda del Gobierno, José Luis Arango, mano derecha de Rojas en cultura y educación. Como sabía que Fernando Gómez tiene un programa en la Radiodifusora Nacional, le preguntó: ‘Cómo va la emisora?’. ‘Fatal’ –le respondió Fernando–, todo está viejo, nada funciona. ‘Quién podría manejarla?’ –le preguntó Arango–. Y, sin pensarlo dos veces, Fernando Gómez respondió: ‘El único que puede hacerlo soy yo’.
“Arango le dio cita en su despacho para nombrarlo. Gómez asumió como director, para reorganizar la emisora. Llevó colaboradores de la talla de León y Otto de Greiff, y Bernardo Romero Lozano. El cambio fue evidente.
“Días después, el general Rojas quiso saber cómo iba todo. Gómez Agudelo le dijo: ‘La Radiodifusora Nacional se oye hasta en las antípodas. ¿Qué tal si ahora hacemos televisión?’ ”.
Sede de los estudios de San Diego, en la calle 24 entre carreras 5.ª y 7.ª, en Bogotá. Allí se inició la televisión. Fotos: Archivo / EL TIEMPO
Rojas se entusiasmó. Había conocido la televisión en Alemania y lo asombró. Fernando no la conocía. No obstante, cuando Rojas le encargó todo el montaje y le exigió que las transmisiones debían inaugurarse el 13 de junio de 1954, para celebrar el primer año de su gobierno, el joven Fernando Gómez Agudelo le aceptó el reto.
“Con cheque en blanco para gastos y ocho meses para cumplir la tarea, lo primero que hizo fue llamar a Boston, a su hermano Ricardo, estudiante de física en MIT.
“ ‘No hables con nadie –le sugirió Ricardo, previendo las críticas que le lloverían a semejante empresa. Trae un mapa de Colombia y yo reúno aquí a los físicos que pueden ayudarnos’ ”.
Gómez Agudelo llegó a Boston con el mapa. Roberto y otros físicos estudiaron las variantes y recomendaron transmisores que irradiaran hacia un área determinada. Los fabricó la Siemens en Alemania. Antes de viajar a comprarlos, Fernando pasó por
Canadá a ver a Teresa, su novia.
Con grueso abrigo de invierno y sin hablar alemán llegó a Berlín. Allí, los técnicos se interesaron en ayudarle a elegir los equipos para Colombia, un país tan escarpado. Gómez los encargó y regresó tranquilo
Pero hacían falta cámaras, consolas, luces, micrófonos... Por razones de vecindad y de facilidad para adquirir repuestos, decidió que lo mejor era comprarlos en Estados Unidos. En Nueva York, Fernando Restrepo Suárez, su amigo de infancia, trabajaba en la empresa del colombiano Ramón Cuéllar, que vendía esos equipos.
Los consiguió y ya tenía todo. Pero en Colombia no había operarios. Fernando sabía que en Cuba iban adelantados en televisión y viajó a la isla a hablar con Goar Mestre, el rico propietario del canal 8 de La Habana.
Aspecto del antiguo programa de entretenimiento ‘Si lo tiene, tráigalo’, en la sede del CAN. Archivo/ EL TIEMPO
Pero Mestre no lo recibió. No obstante que en Cuba gobernaba Batista, Mestre le mandó decir a Fernando Gómez que él no hablaba con alguien que estaba vinculado a una dictadura. En medio de su angustia, Gómez escuchó que el Canal 4 había quebrado y que el personal andaba buscando trabajo. Los contrató a todos, con esposas, hijos, perros, gatos. Con los técnicos cubanos aprendieron los técnicos colombianos. La mística de Gómez los contagió. Todos trabajaron duro.
Las duras
En los sótanos de la Biblioteca Nacional instalaron los estudios de televisión. Previendo que nada fuera a perjudicar los archivos de la biblioteca, Gómez visitó a los bomberos para averiguar cómo sería la estrategia en caso de un incendio.
Pues no habría nada que hacer, porque las mangueras estaban inservibles, le respondieron. Fernando Gómez procedió a comprar las mangueras nuevas. Se necesitaba instalar una antena de televisión y el sitio ideal era el Hospital Militar, pero los médicos se opusieron.
Temían que la antena dañara sus delicados equipos. Gómez tuvo que llevar técnicos que certificaran que la antena no causaría daño alguno. En el nevado del Ruiz y en Manjuí instalaron otras antenas.
Los transmisores comprados en Berlín los enviaron en un avión de Lufthansa. Pero sucedía que no había convenio con esa empresa aérea y el jefe de la Aeronáutica Civil no dejaba aterrizar el avión en El Dorado.
“Fernando Gómez, desesperado, llamó al general Rojas: ‘Excelencia –le dice–: Asómese al balcón. ¿Ve ese avión que da vueltas sobre Bogotá? Trae de Berlín los transmisores, pero por falta de convenios, el jefe de la Aeronáutica no lo deja aterrizar’. ‘Pues dígale al jefe que está destituido. Usted lo reemplaza’, le dijo Rojas. ‘Después de que aterrice el avión nombro a otro en propiedad’. Para que no lo tumbaran, el jefe de la Aeronáutica dejó, por fin, aterrizar el avión.
Y las maduras...
“El final de esta odisea es algo doloroso –agrega Teresa–. Cuando cayó el general Rojas, Fernando se quedó sin trabajo. Vivíamos en una casa pequeña en San José de Bavaria y durante varios días él tuvo que comparecer ante un juez en la calle 12, a rendir cuentas, acusado de peculado por haber comprado mangueras nuevas para los bomberos. Después de sentirse el non plus ultra, porque montar en solo 8 meses, con toda clase de problemas, la primera estación de televisión, fue un verdadero récord, Fernando pasó a ser vendedor de películas gringas. Con su maletín, como cualquier hijo de vecino, iba a las empresas a hacer sus ofertas. Si fue sobrado y autosuficiente, mientras instaló la televisión, fue sencillo a la hora de no ser nada más que un melómano consumado. Resurgió cuando fundó, con su amigo Fernando Restrepo, la programadora R.T.I. Y murió con la satisfacción de no haber malbaratado los dineros públicos, de haber comprado los mejores equipos –algunos sobreviven–, de haber montado en Colombia la televisión en tiempo récord”.
Esa hazaña fue liderada por un joven de 22 años. Un visionario lleno de energía y de fervor patriótico. Dueño de sí mismo y de sus sueños.
LUCY NIETO SAMPER
Especial para EL TIEMPO

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